Posts Tagged ‘amigos’

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Amigas leeentas

4 julio 2010

Cuando quedo con mis amigas, siempre suelo ser la primera en llegar a donde sea: soy la que menos tarda en vestirse, peinarse, y todas esas cosas. De las demás, hay algunas que tardan más, y otras que tardan menos. Hoy voy a hablar de una de las que tardan más. A partir de ahora la llamaremos G.

G es una amiga que conozco de donde veraneo todos los años, vamos, que la conozco desde hace más de la mitad de mi vida, y siempre ha sido una lenta. Bueno, en realidad no es lenta, pero siempre se le ocurre en el último momento algo (o varios algos) que tiene que coger o hacer. Si tienes suerte, sólo se le olvida el móvil, pero eso es tener demasiada suerte: normalmente decide que mejor se cambia de ropa, que esta no le gusta; o que se va a peinar de otra forma; o que ha cogido demasiado dinero, voy a dejar un poco; o lo contrario…

Bueno, todo este rollo sobre G venía a cuento de una vez, el verano pasado, que quedamos para ir al cine con más gente. Como vivimos en la misma urbanización, pues yo lógicamente la espero. Entonces yo llego a su casa, a la hora que habíamos quedado, y después de esperar a que se vistiese, secase el pelo, peinase, y maquillase (por que en el tiempo que yo había hecho eso mismo, ella sólo se había duchado), veo que coge y empieza a depilarse. Y yo flipando.

-Eh… G, amiga mía… ¿no tenías otro momento para depilarte, maja?

-No te preocupes, si tardo poco…

Já. Poco. Al final llegamos bastante tarde, como era de esperar. ¡La próxima vez la hago ir a medio depilar! ¡La llevo a rastras!

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Reencuentro…

25 abril 2010

El otro día mi madre me pidió que fuese a recoger a mi hermana al colegio. Fui, evidentemente. Cuando iba a volver ya a casa, después de esperar quince minutos a que mi hermana saliera de una vez, de repente oigo detrás de mí:

-¡Lacasitera!

Me giré. No ví a nadie conocido detrás de mí, y tampoco parecía que me mirase nadie, así que pensé que llamarían a otra Lacasitera. Entonces lo volví a oir:

-¡Lacasitera!

Me giré otra vez, y ahora sí que la ví: era una amiga a la que hacía muuucho, mucho, mucho, mucho (varios años, para concretar un poco más) que no veía.

Después de decir lo típico de “¿qué tal estás?”, “Cuánto tiempo ¿no?”, y poco más, me quedé sin saber que más decir. Seguramente tendríamos ochocientas mil cosas que contarnos, pero a mí no se me venía ninguna a la cabeza. Es curioso que sea más fácil sacar un tema para hablar con alguien a quien ya le has contado tu vida entera, que con alguien que hace mucho que no sabe de tí; si lo pensamos, debería ser al reves…

Bueno, el caso es que al final le dije que me tenía que ir a clase  (y que conste que eso era verdad) y volví a mi casa para prepararme.

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Mi aventura sobre ruedas

6 abril 2010

Uno de estos días de Semana Santa (¡Ah! ¡Por cierto! Hola, ya estoy aquí, volví el sábado) un par de amigas me convencieron para salir a patinar. Yo hacía un montón que no patinaba, varios años debía de hacer, y ni siquiera tenía patines, me tuvieron que dejar unos, pero me dejé convencer y salimos. Fuimos al paseo marítimo (por cierto, nunca me había fijado en la cantidad de gente que hay por ahí patinando…) que está bastante cerca de la urbanización donde estábamos. Mis dos amigas fueron patinando desde allí, pero yo me negué a ponerme los patines antes de llegar allí, no me fuese a matar antes de tiempo, que soy capaz. Ya que iba sin patines aproveché para ayudarlas al cruzar la calle, que sino se hubieran matado o algo por el camino. Luego llegamos por fin al paseo marítimo: yo me senté a ponerme los patines (que me costó lo mío…) y ellas se pusieron a meterme prisa (¡si es que son más majas!). Y entonces llegó la hora de la verdad: tenía que ponerme de pie con los patines. ¿Lo conseguiría? ¿No lo conseguiría? ¿Me caería de culo provocando las miradas de todo el mundo? Por suerte lo conseguí a la primera, y la verdad es que no se me dio tan mal como esperaba. No me llegué a caer ninguna vez, aunque sí que hice varios amagos. Entonces todo fue bonito, hermoso, perfecto… hasta que llegamos al kiosko. Nos íbamos a comprar algo de comer (unas patatitas, unas chuches… cualquier cosa). Al principio parecía que iba bien, la primera amiga pidió y no nos habíamos matado ninguna, eso era buena señal. Luego llegó el turno de la segunda amiga: no se mató ni nada, pero cuando iba a pagar se le cayeron todas las monedillas, por dentro y por fuera del kiosko. Tuvimos que recogerlas con los patines puestos, con cuidado de no matarnos justo en ese momento. Y claro, como era dificil no matarme, pues me maté (bueno, no del todo, sólo casi). Me estaba levantando de coger una de las monedillas y perdí el equilibrio al levantarme. Para no caer al suelo, me apoyé en el kiosko, y con el golpe que di parecía que le estaba metiendo prisa al pobre kioskero que, por cierto, es muy majo, no necesitamos pedirle las cosas porque ya sabe qué queremos ( bueno, conmigo no, que cada día pido una cosa distinta, pero con mis amigas sí que sí). Lo que estaba diciendo, que parecía que le estaba metiendo prisa al pobre, y como encima estaba de espaldas pues no vio mi caida. ¡A saber lo que pensaría! Pero bueno, a pesar de que se había formado cola detrás nuestro (¿qué pasaba, es que no había más kioskos?) nosotras nos fuimos muy dignamente (o todo lo que pudimos, por lo menos).

PD: Qué de paréntesis he puesto ¿no?

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Mi reloj siamés

11 febrero 2010

Tengo una amiga que, cuando se aburre, lo primero que dice es:

-¡Oye! ¿Y si te hago un test de alguna revista?

Y yo, que no tengo nada mejor que hacer, pues respondo:

-Vale…

Y entonces se pone a hacerme el test. ¿Y esto a qué viene? Pues a que el otro día resulta que estaba yo con esa amiga, y también resulta que nos aburríamos, y entonces pues se puso a hacerme un test de esos. Una de las preguntas era decir algo que siempre llevásemos puesto. ¿Y qué respondí yo? ¡Mi reloj! Sí, es que nunca me lo quito, es como una parte de mí. Como diría Cortázar: No me regalaron un reloj, fui yo la regalada.

Una vez se me rompió el reloj, y tuve que estar una semana sin él. Creo que en esa semana cualquiera que estuviese a mi lado terminaría odiándome, o casi. Es que no pasaba un solo segundo sin que yo preguntara:

-¿Qué hora es?

Es que yo, sin reloj, no soy persona. Es como si fuese mi hermano siamés: duermo con él, me ducho con él, hago todo con él. ¡Y ni siquiera es bonito! Es un reloj digital del Decathlon. Muy útil si estas en el cine, eso sí… como  tiene luz.